Mary, voy a bailar por vos

A Mary.

El marido bailaba tango y, ay, era tan buen mozo. Tenía cinco trajes: dos grises, dos azules, uno cruzado y uno abierto de cada color y ah, cómo le gustaba el cruzado. Y después uno más viejito. Veinticinco camisas. Y qué lindo el tango: giros, sacadas, ganchos pero por abajo, en esa época por el piso, no como ahora que las chicas levantan las piernas todo por el aire. Con que la sacaran  a bailar un tango, un vals y una milonga, ella estaba bien y se iba a su casa lo más de contenta pero no, en esa época las mujeres no podían invitar al hombre, esperaban el cabeceo. Y a él lo conoció bailando y bueno, él murió. 

Hace tres años. 

Y recién ahora empiezo a reponerme, dice con los ojos que le brillan. 

Yo la escucho e intento esconder una emoción que sube y me desarma la respiración. Tres años, casi, hace que yo me separé y con todo lo que me costó me imagino usted... Me siento una tonta, cómo voy a comparar...  Me pone una mano en la espalda. Nena, me dice, te entiendo, yo, cuando me separé de mi primer marido, llegué a pesar treinta y dos kilos… Pero el amor de verdad vino después.

Que él antes de morir le dijo que siguiera bailando pero si no es con él, ella no. Que los mejores años de su vida ya pasaron y fueron con él. Que si llegara a ir a una milonga, los recuerdos, ay,… no podría, lloraría. Yo intento animarla, le digo que vuelva a bailar pero no, ya lo tiene decidido.

Que tomaban mate y él le decía que si ella se moría primero nunca iba a volver a encontrar una tan hermosa, pero fue al revés.

Lloro un poco - sin que las lágrimas lleguen a caerse -, y le digo: gracias por contarme.  Ella me palmea la espalda y dice: ay, no, no, no. Y reprime sus propias lágrimas y sonríe. Enseguida me anima diciendo algo mientras sigue sonriendo. Yo siento mis dos piernas y también sonrío.

El colectivo llega a mi parada. Le pregunto cómo se llama y ella me dice que Mary. Insisto: vuelva a bailar, Mary. Y ella me dice: no, andá vos y bailá por mí. 





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