martes, 6 de febrero de 2018

La noche de Atlanta

Voy con mis amigos a cenar al club Atlanta. Comemos pescado, lo salamos varias veces porque vino demasiado saludable. Hablo de películas y series como si estuviera a punto de morir y decir cuál me gustó y cuál no fuese una clave para salvar al mundo luego de mi deceso. Saco aire, aliviada: hace mucho que no los veía y no recordaba que podía ser una loca de las películas.

Cuando Nico nos cuenta la idea de su próximo corto, que es acerca de una pareja, enseguida Ariel y yo le pedimos que nos diga bien cómo es y lo actuamos. Los extrañaba.

Caminamos por las calles de Chacarita. Vamos bien, estamos bien. Y la luna está re linda.

Ahora que desagotamos las pasiones que nos unen y que el pescado ya no existe, hablamos de amor. Un poco nomás. Enseguida pasamos al feminismo, a lo grossas que estamos las mujeres. Serán las doce de la noche.

Mis amigos me dicen que hay una librería que está abierta durante la madrugada. Pienso: qué ciudad. Finalmente me dicen la palabra mágica, “ficihines”. 

Hay unos fichines detrás de una puerta que parece la de una casa común y corriente, con un bar improvisado. Entro y la luz de los videojuegos sobre las cosas es una hermosura. Pienso: ¿en qué otra ciudad se puede encontrar algo así? Y la tristeza me invade. Porque estoy pensando en irme de acá. 

Jugamos con Ari al Tetris. “Muy intelectual”, digo cuando pierdo. ¿Por qué dije eso? 

Finalmente, la piba que había llegado a los monstruos pierde su última vida con muchísima dignidad. Y allí el Wonderboy, libre para mí, abriendo la puerta hacia todos los deseos de mi corazón. Mi prima era la que sabía llegar a los monstruos. Yo no tenía plata para fichines y nunca pasé de las primeras nubes. Ariel me da dos fichas y las aprieto en mi puño como esa nena que no tenía casi nada.

Juego, pierdo la patineta y no paso ni la primera de nubes: me mata un pulpo sin fuerza. A esta altura de la vida sé qué batallas abandonar. Cedo el lugar a los que saben.

Con Ari jugamos a uno de matar a todos. Los dos con una ametralladora, a mí se me escapa un gritito. Game Over a los diez segundos. “Estos gringos”, digo.

Charlamos, los tres, sobre abusos sexuales y laborales, a la luz azulada de los fichines.

Son casi las cuatro de la madrugada. Me vuelvo en taxi con Ari. El chofer me da miedo, así que me bajo con mi amigo en su casa. Qué ira. Pienso en los abusos. Y en la sensación de protección que tenemos las mujeres cuando estamos con un hombre. Nos protegen de los otros hombres. No quiero que me “protejan” así, no aguanto más. Que se corten el pito, pienso. O que de una vez se atrevan a plantearse su sexualidad en serio. Nosotras no damos más. Y ya no los queremos. Porque dan miedo, chicos.

Obvio que mis amigos, no. Ellos tienen su parte femenina integrada, entonces no son abusadores, ni salvajes. 

Los tipos que no conocen su energía femenina cogen como el orto, bombean, ponen y sacan como si una fuera un juego de embocar. ¿Por qué pienso en eso? Ah, por el chofer.

Yo me siento protegida cuando los hombres no son machistas, claro. Prefiero que sean como mis amigos, que no me preguntan dónde prefiero sentarme al entrar a un restaurant y deciden ellos – poco caballeros, eh – a que me corran la silla y después traten a mi vagina y a su pito como si fueran un balero. Qué espanto, che.

A los hombres los han escindido del hogar, de los hijos. Ellos pueden estar lejos de los hijos porque los han anestesiado con dinero. Se pierden lo mejor de la vida.  ¿Y nosotras? Tengo amigas que aún dicen que a un hombre no hay que decirle que una quiere enamorarse porque a ellos les da miedo. Y otras que dicen que de todos modos ellas tampoco quieren compromiso. Se mienten en la cara,  les da miedo que las dejen si dicen que quieren amor.  Qué mundo, ¿no? Todo eso pienso en el último taxi de vuelta, después del abrazo de Ari.





lunes, 22 de mayo de 2017

Ojalá mi corazón se convierta en perro

El chico de Entre Ríos me enseñó a ver que el corazón, a veces, es un lobo.

Es así: las personas tenemos lunas llenas, en nuestro interior, y ahí el corazón aúlla.

Vimos un documental en el que un hombre negro de ojos negros

contaba que los lobos, para comer de manos humanas, bajaron su cortisol.

El cortisol es la hormona del estrés, ¿vieron?

Y así cambiaron su ADN

¡y se conviertieron en perros!

¿Podrá mi corazón hacer lo mismo?

“Para que su corazón no se convierta en lobo en sus lunas llenas, baje el cortisol. El otro se lo agradecerá.”

Quién hubiera pensado que el secreto de mi corazón

estaba en una provincia

a la que nunca fui.

martes, 7 de marzo de 2017

El chico indicado

Y si pudiera pedir un deseo - a esta altura, mirá vos -, sería saber los nombres de todos los árboles, todos los que existen, y saber cómo son, ¿no? Saber cosas sirve - yo pienso, no sé -  para el alma, para adentro de uno. Las cosas difíciles yo ya las dejé hace tiempo. ¿Te acordás, vos, que leía filosofía y ciencia? Todo eso me  gustaba a mí.

De jovencita – bueno, vos me conocías - me mostraba y me creía muy fuerte. Era como altanera, era como, como… como desde arriba, me hacía la inteligente; todo porque nunca tuve casa propia; mi familia, bueno, no teníamos. Ni muchos pretendientes tuve tampoco, o no los veía, no sé, porque bonita era; pero me angustiaba que tenía que lavar a la noche la ropa que me sacaba para usarla al otro día y yo sabía que otras chicas tenían vestidos de todos los colores. De todo tenían.

Una vez había un baile y yo no pude ir por no tener vestido. Si fuera hoy, iría desnuda. ¿Te reís? Y otra vez un chico que me gustaba se fue con una que tenía una motito; en cambio, yo andaba a pie. Bueno, esas cosas. Me resentí. Y salí a, a… a ganarme cosas. ¿Te reís? Fue así.

Después vinieron los golpes, ¿no? Darme cuenta de que esa actitud no sirve de nada pero no saber cómo cambiarla, confundir esa actitud con lo que yo soy por adentro… Y, finalmente, darme cuenta de que en realidad yo había tenido lo mío pero, por hacer esa cuenta en la que uno es más que otro – que el resultado siempre es malo, ¿no? -, me confundí. Yo tenía una muda de ropa y tenía agua para lavarla. Pero, en cambio, dije: yo no tengo todos esos vestidos de colores.

Y te tenía cerca… mirá vos, estabas enamorado de mí y yo ni cuenta me daba porque estaba llorando porque la de la motito se había llevado a alguien que era el que me gustaba “a mí”. Qué risa. Y si “yo” lo había mirado primera era “mío”. Cosas de jóvenes.

Y vos te quedaste viendo pasar mi vida en silencio. Sin decirme nada. Y ahora, después de tanto años, uy… 

Que ves que me muestro como soy.

Venís y me decís que me querés.

Esperaste a que yo fuese auténtica. Confiaste en que me iba a abrir. Confiaste en mí más que yo, mirá lo que te digo.

Una cosa: yo también te quiero. Y si me pongo colorada, y si miro para abajo no es porque sienta que no merezco tu cariño. Ni porque ya estoy vieja para estas cosas – tener setenta y seis años no es poca cosa -. No me cargues que… Lo que tardé en entender algunas cosas. Yo soy una mujer independiente, siempre lo fui, pero no me daba cuenta. Y las mujeres independientes somos más difíciles para enamorarnos. Para todo, bah.

Cuesta, eh.

Hablar, digo.

Tengo que usar este coso, che, qué risa. Cómo pasa el tiempo, ¿no? ¿Te hubieras imaginado? Yo con bastón. Yo hago como que no está. Como que no existe y camino sola.

Yo, yo quiero que… Bueno, no sé, vos hacé lo que quieras. Ya sos grande.

Te reís.

Yo también te espero, ahora, no sé, que digas algo. Y, y, y no sé qué va a pasar. Nadie lo sabe, ni para sí mismo, ni para los demás. Pero pase lo que pase, quererte es un… un don que yo agradezco.

No me mires así que voy a llorar. ¡Pero! Basta, che.

Mirá, ese árbol detrás de tuyo… no me acuerdo cómo se llama. Ahora se me dio por olvidarme los nombres de los árboles, que me gustan tanto. Pero vos estás tan lindo ahí parado, con ese quién sabe Dios cómo se llama detrás.

¿Sabés lo que estaba por decir? Mirá vos. Que no me lo merezco, que no me merezco que a esta edad… Que no te merezco. Lo contrario de lo que te acabo de… Costumbre de joven. De pensar que las cosas buenas no eran para mí.

No quiero perder… no quiero perder más tiempo, ¿sabés?

Y te voy a decir algo más, vos quedate ahí. Yo te voy a dar un beso… No llores… Te reís y llorás. Sos un loco. Un beso con todo el amor que tengo adentro, que guardé tantos años, hasta que llegara el “chico” indicado. ¿Querés? Estoy, mirá. Agradecida con la vida. Este momento. Gracias. Te quiero. Te quiero mucho.

martes, 4 de agosto de 2015

La chica en el cartel de neón

Soy la chica en el cartel de neón con la copa en la mano. No es una metáfora. Soy una muñequita que titila. Y soy fucsia. Compito con la del hotel de enfrente que es azul. Te invito a entrar al bar con mi actitud fácil y mi vestidito sexy. El bar se llama “Dry Girl”, “Chica seca”, es el mejor trago que tenemos: nuestra versión con dos aceitunas del Martini seco que te hace dos agujeros en el estómago. Pero yo, cielo, brillo por vos. Quiero decir que lo que me da fuerzas cada noche para prenderme así es verte llegar.

Siempre lo mismo. Cuando ya tomaste demasiado te vas. Te subís a tu Ford, un modelo de hace algunos años que te sirve. Y adelante, al lado tuyo, se sube alguna. En general morocha y perdiendo el equilibrio sobre los tacos.

Yo quedo titilando y me recaliento, porque soy solamente la figura de una chica linda en un cartel, que no anda bien.

Y pasa la noche. Y se enfría todo. Nieva. Hay escarcha sobre la ruta y sobre este cartel que me da vida. Eso ayuda a bajar la temperatura.

Son las cinco de la mañana y los tacos de ella deben estar tirados en algún lugar de tu departamento. El cartel está por apagarse porque ya no resiste tanto frío. Estoy a punto de morir por falta de mantenimiento. Pero de pronto recuerdo la película “Mannequin”. Una chica artificial puede volverse real y puede que él se enamore de ella, eso me digo. Y me doy aliento para llegar hasta la noche. Lo consigo.

Escucho el sonido del Ford. Llegás solo como siempre. Y salís casi último como siempre. Esta vez sin compañía; hoy no tuviste suerte, cielo. Escuchás un ruido como de cortocircuito, el cartel que insiste en apagarse. Es como si te estuviera chistando. Ch. Ch. Ch. Y te das vuelta y me mirás. Y de pronto te miro. Pensás que es de borracho. Digo que pensás que es por efecto del alcohol que creés que estás viendo a una chica dibujada en neón volverse real y estar sentada, ahora, sobre  el borde del cartel, con sus largas piernas cruzadas y diciéndote esto: ey, cielo, soy una chica fácil que quiere bailar con vos. Y tener sexo con vos. Toda la noche, todas las noches. Y después cocinarte arroz con algo.

Y vos que te acercás a cualquier cosa que se parezca a una mujer, lo pensás, porque dormir solo te desespera.

Encendés un cigarrillo y, con una sonrisa de costado, decís que sólo aceptás la parte del arroz. Y me volvés loca.  

Por la escalera de incendios subís hasta el cartel. Te sentás al lado mío. De fondo las nubes y los rascacielos.

- Contame de tus sueños, chica fácil.

Me río, y lloro un poquito. Y  vos me preguntás que por qué carajo somos tan endiabladamente emocionales y yo te digo: son los estrógenos, cielo, o es la historia que hizo esto con nosotras. - Claro que el golpe final nos lo dio el capitalismo -.

- Contame tu historia, no la de las demás.

Hacernos sentir únicas es muy porno. Quiero decir que eso nos enciende mucho.

Te reís y ya estoy que te amo.

- ¿De dónde saliste?,  me preguntás dejando caer la ceniza del cigarrillo.

.- De tu imaginación. ¿Y vos?

Hacés silencio. Pitás. Largás el humo. Mirás el Ford.

- Sos más linda que mi auto.

- Nunca me dijeron eso. Lo pienso y lo digo.

- Sálvame, soy esa chica que aunque es más inteligente que las otras sigue sintiendo que tiene que ser protegida y todo eso. Llevame con vos, salvame.


Nos vamos en tu auto. Yo me siento al  lado tuyo pero otros sólo ven un Ford con un cartel destartalado en el portaequipaje.

domingo, 28 de junio de 2015

El perro salchicha puro o el elemento del perdón



Son las 9 AM y mi hermana me llama y me dice que iba en el bondi y escucha que un tipo le dice al chofer, que un amigo del chofer le dice al chofer: Le regalé un perro salchicha puro y no me perdonó. Estallo de la risa. No paro. Quiero hablar y no puedo: Noooooo, pará, pa-- Pará, ahhhhhh, ay, no, no, no, no, no. No pue--, No puedo más. Me matás. Me estás matan--. No, no, no, no. No. Puro. Puro. No, no.

Corto y me quedo pensando en la palabra “puro”. El tipo cuando dice “puro” aclara, detalla, amplía. No era cualquier perro salchicha, no era mezcla de salchicha y Boxer, Cocker, Ovejero, etcétera… No, era salchicha puro. Y tuvo que remarcarlo. Llego al trabajo.

Me dispongo a trabajar. Bueno... a trabajar. El amigo del chofer del bondi al chofer del bondi en el bondi... ¿Quién era el tipo y qué hacía en el bondi? ¿Cómo lo dijo? ¿Estaba mal, se reía? Ay, qué me importa, ya fue. Ya fue. Ya pasó.

Me escapo de la oficina, “voy a comprar algo a la farmacia”. Llamo a mi hermana.  Ana, una cosa, ¿el tipo era el amigo? Vos dijiste “amigo”. ¿Pero estás segu--. ¿No era el que supervisa? ¿Pero cómo estaba vestido? ¿Cómo que no te fijaste? ¿Estás trabajando? Ah, disculpá. Pero. Pero. ¿Pero y cómo se lo dijo? ¿Venían hablando? ¿Y de la mina dijo algo más? ¿Pero estaba mal o se cagaba de risa? Porque quiero saber. Quiero saber. Chau. Bueno, chau. Chau.

Ya fue. Ya fue.

Veo la cara de mi jefe – 70 años, traje, amable -, me pide algo. Logro concentrarme en mi trabajo por unos minutos. El tipo quería pedirle perdón - con un perro salchicha, puro -.

Ay, ya fue.

Y como no fue perdonado, - y por otra parte me encantaría saber qué le habrá hecho - estaba indignado. Y, y, y acá hay una intriga, carajo. Por eso estoy así. ¿Qué pasó realmente? ¿Qué fue tan pero tan grave como para que el tipo vaya y compre un perro salchicha puro? Ya estoy en el bondi. Miro detenidamente al chofer como buscando algo.


Ya fue.


¿Cómo se le ocurrió? ¿Lo soñó? Se despertó y dijo: Ya sé, un perro salchicha. Y tiene que ser puro. ¿Cómo llegó a esa decisión, por Dios? La más fácil es que ella sea una loca de los perros salchicha, que se lo haya comentado alguna vez, o reiteradas veces. Esa es la que más me cierra. Ahora, si se le ocurrió a él solo… estamos frente a  algo interesante. Llego a casa.


Media hora después: ¿Por qué tomamos las decisiones que tomamos?

Quince minutos después: ¿Cómo se le ocurrió? ¿Lo decidió de una o…? Se gastó los ahorros, quizá.

Diez minutos después: ¿Por qué lastimamos a los demás? Después hay que pedir perdón.

Quince: ¿Por qué siempre me piden perdón a mí, yo nunca tengo que pedir perdón, son los demás los que--? Siempre me cagan. Soy una boluda. ¿Soy una boluda?

Cinco: Ah, yo debería pedirle perdón a… Fue una pelotudez. ¿Por qué estoy pensando en esto, qué tiene que ver?

Dos: ¿Por qué los tipos llegan al punto de tener que pedir perdón? Las minas no. ¿Las minas no? Yo no. Las minas. Yo. Los tipos. No todos los tipos. Casi todos. Qué boluda. Clishé total. Los tipos, las minas, qué me importa. Qué boluda.  

Cinco horas, anocheciendo: Cuando conozca a alguien le voy a contar esta historia y si algún día le tengo que pedir perdón compro un perro salchicha y va a entender y se va a cagar de risa.

Antes de irme a dormir: Y va a ser puro.


lunes, 1 de junio de 2015

El abrazo de Dylan Brian

  A Dylan Brian

Dylan Brian quiso abrazarme. Eso fue así. Pero no se animaba. Su abuela, más lejos, en lo alto de la barranca, insistía para que dejara de molestarme. No, no me molesta, al contrario, señora. Hasta que vino a buscarlo. El pequeño se agarró de ella y empezó a caminar pero el torso y la cara seguían hacia mí. Y yo sonreía. Le sonreía. Aunque me hubiese llenado de pasto porque él es “un gran cavador de pozos”. Aunque hubiese interrumpido mi lectura de Shakespeare durante unos cuarenta minutos en los que me dijo que:

No le gustan las teles grandes y por eso no va al cine.
No le gusta bañarse porque tiene miedo de que le entre agua en los oídos.
Sus amigos no quieren jugar con él porque él… bueno, él los reta.
No le gusta la playa porque una vez su hermanita casi se pierde. Y la gente empezó a hacer aplausos. ¿Y si yo me pierdo y mi papá y mi mamá no me encuentran? Eso no va a pasarte nunca, ¿cómo te llamás? Dylan Brian. Ok. Eso no va a pasarte nunca, Dylan, porque vos estás conectado con tu papá y tu mamá desde acá. ¿Acá? Me preguntó imitando mi gesto, la manito en su pecho. Te lo juro. Nunca te vas a perder. Y si te entra agua en el oído es bueno, porque el oído se baña, le hace bien. Y es muy lindo ir al cine, porque te reís con los otros chicos, y la risa de los otros da más risa. Y si me permitís el consejo quiero decirte que si te concentrás en retar dejás de jugar. ¿Cotresar?, ¿qué es eso? Con-cen-trar. Si retás dejás de jugar. Jugá como conmigo ahora, que no me retás y sos divino. ¿O no sos divino? Mi papá y mi mamá ya no se quieren. Pero te aman, ¿lo sabés?, más que a nada en el mundo. ¿Vos me querés?

Yo no hice ninguna pausa, contesté inmediatamente, pero la sentí.

Por supuesto que te quiero, Dylan.

Cambió de tema y después vino la despedida.

Dylan Brian realmente quiso abrazarme, se soltó de su abuela, vino corriendo entusiasmado pero se frenó. Para mí que querés darme un abrazo. No. Yo creo que sí. Sonrió. Yo también, dije, pero me da vergüenza. Sonrió y se escondió detrás de un árbol. Abracé el árbol. El entendió e imitó mi gesto, todo el pecho contra el tronco. Y extendió sus pequeños brazos, riendo. Y nos abrazamos, porque fue así, con el  árbol en medio de ambos. Su abuela también reía, tímida, mientras yo, agarrándole esas manitos que tendrían unos 4 años, le deseaba que nunca más tuviera miedo y que se sintiera amado para siempre.

domingo, 8 de febrero de 2015

El fin de la Historia del Capitalismo

Hoy, temprano, fui al cajero que está sobre la ruta. Al lado había pasto y enfrente los cerros. Entonces la transacción bancaria, incluso la gente que hacía fila para tener su propio dinero, incluso toda la Historia del Capitalismo, no importaron.