El lobo Babolat

 

No voté a ninguno pero entre Macri y el peronismo me voy a la izquierda sin dudarlo: voto al peronismo, dice ella, con sus dieciocho o diecinueve años, mientras toma agua de su botella de plástico anaranjada y, también, mientras pasan pelotas de tenis por el costado, en las canchas de polvo, también anaranjado.

Él, de quince años más, cambia su postura física, se le erizan los bordes de la piel y llama a una manada de lobos que lo habitan. Y los lobos empiezan a olfatear a la presa -ella-: A ver, explicame qué tiene de izquierda el peronismo. Rápidamente ella acude al gastado y odioso no hablemos de política, por favor, y aclara que no tiene ningún problema con que él haya votado a Macri o a quien sea. Pero él no, no, no, no, explicame qué tiene de izquierda el peronismo. Y esto lo dice ya siendo uno de los lobos que caminan por sus órganos. Ella comprende que él decidió volver atrás en la escala evolutiva y, por supuesto, también sabe que el diálogo no es una virtud animal. Entonces se hace la tonta, o es tonta ahora, o lo fue siempre, e insiste con el no hablemos de esto, por favor, mientras piensa que él, en vez de estar construyendo el momento del beso que ella, ayer, le dijo que tenía ganas de darle, un primer beso, está entregado al desastre. Ese desastre consiste, para ella, no en el contenido de los sobres que fueron a las urnas cuando ejercieron su derecho al voto sino en que él elige la roña de la pelea en vez de la ternura del beso.

Él tira dos o tres datos post-verdaderos que, esgrime, son hechos: por ejemplo, que el dólar estaba más barato con Macri. Argumento que ella podría poner en discusión pero, en cambio, decide decirle que sí  para ver si él, al sentir apoyo, se calma. Ojalá se callara y sólo jugara al tenis, piensa ella. Y en vez de hablar, besara. Ojalá, como siempre digo, en el mundo gobernaran los caballos, incluso los lobos, pero nunca pero nunca, los hombres lobo.

De pronto él desliza la conversación hacia los años 70 y ella, literalmente, tiembla. Yo no estoy con Videla, eh, fue un hijo de puta. Pero no creo que haya habido héroes. Si había pibes que estaban matando gente, la manera no era torturalos y matarlos a ellos también. Yo tengo un tío que… Ella se arranca las orejas y las tira al polvo de ladrillo, ese tío podría hacer que haya que llamar a una ambulancia moral. Pero algo del oído sigue funcionando y escucha: Estela de Carlotto y todas esas son unas hijas de puta. 

Las lágrimas asoman en los ojos de ella, el estómago se le contrae pero él, claro, no lo nota porque está de faena. Ella pide la cuenta, paga la Coca Zero y deja de hablar para siempre. Él no nota, tampoco, el silencio de lesa humanidad en el que ella se sumergió y comenta con una sonrisa de loco que un kirschnerista, un día, le tuvo que dar la razón.

Ella se mueve hacia la salida de las canchas como si fuese la salida, también, de la lengua morbosa que ahora es de él pero es de tantos en este país. Y él la sigue con su bolso raquetero Babolat y continúa comentando que al tío debería darle un "un dos" porque lo cagó con plata. Ella entiende, por el gesto de los puños de él, que se refiere a que debería cagarlo a trompadas.

Ella llega a su casa, tira la raqueta sobre el sillón y se pregunta por qué no tiene un gatito al cual abrazar. Su madre la llama y ella le cuenta. Da la casualidad que la madre y el lobo fueron al mismo colegio católico de mármoles imperiales en la bella Recoleta pero, por suerte, ella siguió siendo humana y no le crecieron colmillos carniceros.

Hay tres grados de abstracción, explica la madre y aclaremos que explicar es, para esta inteligente progenitora, amar. Cada vez que la hija tuvo algún problema o necesidad, la madre no la abrazó sino que sacó un libro de la biblioteca, o lo citó. Y la hija fue aprendiendo, así, a leer el mundo. Algunas personas no tienen la capacidad de llegar al último, sostiene la madre, que es el que permite comprender que la realidad es una construcción. Para estas personas puede ser objetivo que Jesús resucitó de entre los muertos o que un gobierno es el salvador y otro el destructor de un pueblo. Esas personas no usan el “yo creo que” sino que están seguros de tener datos. La hija completa que pueden pasearse por canales de televisión –o por canchas de tenis- diciendo que la inflación en tal año era del cero porciento y cuando otro se les sienta enfrente y afirma que en ese mismo año la inflación era del quinientos mil porciento o que el dólar había bajado tanto como el culo de su abuela… atacan. La madre ríe, la hija se sienta en el sillón y se abraza a sus propias piernas, apretando el pecho para darse una suerte de abrazo bollito. Esas dos personas, que creen que son muy distintas, se igualan, se espejan en la pelea. Ninguno comprende al otro con sus... otros ojos... Sigue la madre, con voz objetiva pero con el alma alerta porque su pequeña ha sido herida por un animal salvaje. ¿Pero qué hacer -pregunta la hija- si el otro dice algo que para mí es terrible? La madre aconseja -y esto no quiere decir que la chica esté de acuerdo o que vaya a hacerlo- buscar la salida de la cancha y no seguir jugando entre lobos. Después, ir a una marcha o escribir un cuento.

Comentarios

  1. Hace tanto que no subías un texto, me encantó. Me quedo con “ Cada vez que la hija tuvo algún problema o necesidad, la madre no la abrazó sino que sacó un libro de la biblioteca” Gracias

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