El chico indicado

Y si pudiera pedir un deseo - a esta altura, mirá vos -, sería saber los nombres de todos los árboles, todos los que existen, y saber cómo son, ¿no? Saber cosas sirve - yo pienso, no sé -  para el alma, para adentro de uno. Las cosas difíciles yo ya las dejé hace tiempo. ¿Te acordás, vos, que leía filosofía y ciencia? Todo eso me  gustaba a mí.

De jovencita – bueno, vos me conocías - me mostraba y me creía muy fuerte. Era como altanera, era como, como… como desde arriba, me hacía la inteligente; todo porque nunca tuve casa propia; mi familia, bueno, no teníamos. Ni muchos pretendientes tuve tampoco, o no los veía, no sé, porque bonita era; pero me angustiaba que tenía que lavar a la noche la ropa que me sacaba para usarla al otro día y yo sabía que otras chicas tenían vestidos de todos los colores. De todo tenían.

Una vez había un baile y yo no pude ir por no tener vestido. Si fuera hoy, iría desnuda. ¿Te reís? Y otra vez un chico que me gustaba se fue con una que tenía una motito; en cambio, yo andaba a pie. Bueno, esas cosas. Me resentí. Y salí a, a… a ganarme cosas. ¿Te reís? Fue así.

Después vinieron los golpes, ¿no? Darme cuenta de que esa actitud no sirve de nada pero no saber cómo cambiarla, confundir esa actitud con lo que yo soy por adentro… Y, finalmente, darme cuenta de que en realidad yo había tenido lo mío pero, por hacer esa cuenta en la que uno es más que otro – que el resultado siempre es malo, ¿no? -, me confundí. Yo tenía una muda de ropa y tenía agua para lavarla. Pero, en cambio, dije: yo no tengo todos esos vestidos de colores.

Y te tenía cerca… mirá vos, estabas enamorado de mí y yo ni cuenta me daba porque estaba llorando porque la de la motito se había llevado a alguien que era el que me gustaba “a mí”. Qué risa. Y si “yo” lo había mirado primera era “mío”. Cosas de jóvenes.

Y vos te quedaste viendo pasar mi vida en silencio. Sin decirme nada. Y ahora, después de tanto años, uy… 

Que ves que me muestro como soy.

Venís y me decís que me querés.

Esperaste a que yo fuese auténtica. Confiaste en que me iba a abrir. Confiaste en mí más que yo, mirá lo que te digo.

Una cosa: yo también te quiero. Y si me pongo colorada, y si miro para abajo no es porque sienta que no merezco tu cariño. Ni porque ya estoy vieja para estas cosas – tener setenta y seis años no es poca cosa -. No me cargues que… Lo que tardé en entender algunas cosas. Yo soy una mujer independiente, siempre lo fui, pero no me daba cuenta. Y las mujeres independientes somos más difíciles para enamorarnos. Para todo, bah.

Cuesta, eh.

Hablar, digo.

Tengo que usar este coso, che, qué risa. Cómo pasa el tiempo, ¿no? ¿Te hubieras imaginado? Yo con bastón. Yo hago como que no está. Como que no existe y camino sola.

Yo, yo quiero que… Bueno, no sé, vos hacé lo que quieras. Ya sos grande.

Te reís.

Yo también te espero, ahora, no sé, que digas algo. Y, y, y no sé qué va a pasar. Nadie lo sabe, ni para sí mismo, ni para los demás. Pero pase lo que pase, quererte es un… un don que yo agradezco.

No me mires así que voy a llorar. ¡Pero! Basta, che.

Mirá, ese árbol detrás de tuyo… no me acuerdo cómo se llama. Ahora se me dio por olvidarme los nombres de los árboles, que me gustan tanto. Pero vos estás tan lindo ahí parado, con ese quién sabe Dios cómo se llama detrás.

¿Sabés lo que estaba por decir? Mirá vos. Que no me lo merezco, que no me merezco que a esta edad… Que no te merezco. Lo contrario de lo que te acabo de… Costumbre de joven. De pensar que las cosas buenas no eran para mí.

No quiero perder… no quiero perder más tiempo, ¿sabés?

Y te voy a decir algo más, vos quedate ahí. Yo te voy a dar un beso… No llores… Te reís y llorás. Sos un loco. Un beso con todo el amor que tengo adentro, que guardé tantos años, hasta que llegara el “chico” indicado. ¿Querés? Estoy, mirá. Agradecida con la vida. Este momento. Gracias. Te quiero. Te quiero mucho.

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