Entradas

El lobo Babolat

Imagen
  No voté a ninguno pero entre Macri y el peronismo me voy a la izquierda sin dudarlo: voto al peronismo , dice ella, con sus dieciocho o diecinueve años, mientras toma agua de su botella de plástico anaranjada y, también, mientras pasan pelotas de tenis por el costado, en las canchas de polvo, también anaranjado. Él, de quince años más, cambia su postura física, se le erizan los bordes de la piel y llama a una manada de lobos que lo habitan. Y los lobos empiezan a olfatear a la presa -ella-: A ver, explicame qué tiene de izquierda el peronismo . Rápidamente ella acude al gastado y odioso no hablemos de política, por favor , y aclara que no tiene ningún problema con que él haya votado a Macri o a quien sea. Pero él no, no, no, no, explicame qué tiene de izquierda el peronismo . Y esto lo dice ya siendo uno de los lobos que caminan por sus órganos. Ella comprende que él decidió volver atrás en la escala evolutiva y, por supuesto, también sabe que el diálogo no es una virtud animal. En

El amor es un bateador de baseball canadiense

De pronto vi a un bateador de baseball en la hamaca paraguaya de mi balcón. Con lágrimas en los ojos, se incorporó, llegó hasta el living, oscurísimo – por algo no prendí la luz -,  agarró el bate y como si mi cabeza fuese una bola que tenía que hacer llegar hasta el fin del mundo, me dio.  Me lo dijo en español y en francés: No te amo más, Je ne t'aime plus .   Mi cabeza cayó al piso y durante seis años no volvió a estar en su lugar. Rodó por calles, rutas, bares, casas a las que me iba mudando y de las que me iba yendo con 1500 dólares canadienses en el bolsillo que me había dado él y que yo no quería gastar porque tenían sus huellas dactilares. Pensé que tendría que haberme dejado sus pies. Que yo me había ganado el derecho, en cuatro años de amor innegociable, de seguir durmiendo en mi cama con mis pies sobre los de él. Que se vaya caminando sobre sus tobillos, pensé. Que se tome el avión rumbo a Montreal con todo lo que es nuestro, desde las sábanas ha

La noche de Atlanta

Imagen
Voy con mis amigos a cenar al club Atlanta. Comemos pescado, lo salamos varias veces porque vino demasiado saludable. Hablo de películas y series como si estuviera a punto de morir y decir cuál me gustó y cuál no fuese una clave para salvar al mundo luego de mi deceso. Saco aire, aliviada: hace mucho que no los veía y no recordaba que podía ser una loca de las películas. Cuando Nico nos cuenta la idea de su próximo corto, que es acerca de una pareja, enseguida Ariel y yo le pedimos que nos diga bien cómo es y lo actuamos. Los extrañaba. Caminamos por las calles de Chacarita. Vamos bien, estamos bien. Y la luna está re linda. Ahora que desagotamos las pasiones que nos unen y que el pescado ya no existe, hablamos de amor. Un poco nomás. Enseguida pasamos al feminismo, a lo grossas que estamos las mujeres. Serán las doce de la noche. Mis amigos me dicen que hay una librería que está abierta durante la madrugada. Pienso: qué ciudad. Finalmente me dicen la palabra mágica, “fi

Ojalá mi corazón se convierta en perro

El chico de Entre Ríos me enseñó a ver que el corazón, a veces, es un lobo. Es así: las personas tenemos lunas llenas, en nuestro interior, y ahí el corazón aúlla. Vimos un documental en el que un hombre negro de ojos negros contaba que los lobos, para comer de manos humanas, bajaron su cortisol. El cortisol es la hormona del estrés, ¿vieron? Y así cambiaron su ADN ¡y se conviertieron en perros! ¿Podrá mi corazón hacer lo mismo? “Para que su corazón no se convierta en lobo en sus lunas llenas, baje el cortisol.  El otro se lo agradecerá.” Quién hubiera pensado que el secreto de mi corazón estaba en una provincia a la que nunca fui.

El chico indicado

Y si pudiera pedir un deseo - a esta altura, mirá vos -, sería saber los nombres de todos los árboles, todos los que existen, y saber cómo son, ¿no? Saber cosas sirve - yo pienso, no sé -  para el alma, para adentro de uno. Las cosas difíciles yo ya las dejé hace tiempo. ¿Te acordás, vos, que leía filosofía y ciencia? Todo eso me  gustaba a mí. De jovencita – bueno, vos me conocías - me mostraba y me creía muy fuerte. Era como altanera, era como, como… como desde arriba, me hacía la inteligente; todo porque nunca tuve casa propia; mi familia, bueno, no teníamos. Ni muchos pretendientes tuve tampoco, o no los veía, no sé, porque bonita era; pero me angustiaba que tenía que lavar a la noche la ropa que me sacaba para usarla al otro día y yo sabía que otras chicas tenían vestidos de todos los colores. De todo tenían. Una vez había un baile y yo no pude ir por no tener vestido. Si fuera hoy, iría desnuda. ¿Te reís? Y otra vez un chico que me gustaba se fue con una que tenía una mo

Ovulos Walt Disney o el porvenir

El ginecólogo me invitó a congelar óvulos el año próximo. Hay un precio inicial: 20 mil pesos.  Y un precio de mantenimiento por año: 3 mil. Hay que calcular la inflación, ¿no? Y ver qué pasa con el cambio de gobierno, también. Yo me pregunté que hasta dónde había llegado el capitalismo. Es como una inversión a futuro. Un lote. Un autito. Ovulos. ¿Por qué no? El resultado no es una renta sino un pibe. Con mi genética. Que vale. Luego dice, el ginecólogo: ¿pero vos cuántos tenés? ¿34? Parecés de 28. Me restó 6 y me dije: acá bien el tipo. Halagador. Igual siempre me dan menos, eh. Le contesto, sin timidez: no se preocupe, mis óvulos son tan jóvenes como mi apariencia. Hay buena genética en todo el cuerpo, acá, eh. No en una parte nomás. Salí del Instituto de Fertilidad. Porque atiende ahí. Y mientras caminaba tuve un diálogo conmigo misma. Yo lado A y yo lado B. A -  Tengo que mudarme a una ciudad en la que no haya 8 hombres por cada mujer. Ya. Lo tengo que hac